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19 de abril de 2019

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*Lo mejor de los viajes es regresar a la camita de uno. Camelot.

LA HABANA, CUBA. (VIAJE DEL AÑO 2009)

Al despertar, la primera mañana en aire del Caribe, sol brillante, mar tranquilo,  clima cálido como el veracruzano, en La Habana uno siente y piensa, con razĂłn, que esta ciudad ha sido heroica, que ha sobrevivido a un bloqueo criminal. Un bloqueo que los ha llevado a enraizarse más en su patriotismo y nacionalismo. Al llegar, despuĂ©s de oĂ­r recomendaciones de todo mundo, de entender un poco su historia pero no valorarla hasta que se llega, me fijĂ© la idea de no hablar de polĂ­tica, no venir como un mirĂłn o un impertinente que todo viene a criticar, hacerle un poco a la Camilo JosĂ© Cela, el escritor que no escribĂ­a de polĂ­tica. Con la parte del pueblo que he platicado, viejos y jĂłvenes, se sienten bien y a gusto. “Nosotros todos somos pobres”, me dijo el taxista, a quien contratĂ© para que nos llevara por cielo y tierra, por mar no porque no es navegante, “pero aquĂ­ todos tenemos derecho a la salud y la educaciĂłn y vivimos seguros,  tengo cuatro hijos y siete nietos, y han vivido aquĂ­ toda su vida, recibidos, profesionistas ya y trabajando en este paĂ­s”.

HOTEL NACIONAL

El hotel Nacional tiene su historia. Es el hotel de La Habana mas conocido. Visita obligada. Aquel que solĂ­a Batista frecuentar y donde en la noche del 31 de diciembre de aquel año de 1953, presente lo tengo yo, que no se les olvida, dĂ­a en que la RevoluciĂłn llegaba con unos barbones para sorprender al mundo, inquietar a los americanos y sojuzgar al pueblo, el buen Fulgencio daba las campanadas de las doce, las uvas se le atragantaban porque, le dijeron, ahĂ­ viene el coco, y junto a una runfla de mafiosos como Meyer Lansky y los Tataglia y un endemonial de americanos que allĂ­ celebraban las doce campanadas, salieron por piernas ante el temor de un apresamiento o fusilamiento. Esa vez Fulgencio cantĂł aquella rola lastimosa: la Ăşltima noche que pasĂ© contigo. Ese testimonio fue revivido años despuĂ©s en la cinta El Padrino, con Brando y Al Pacino. La deben recordar. Era el Hotel Nacional de La Habana.

VIEJO Y MAS VIEJO

El hotel es viejo y huele a viejo. Más viejo que Chico Márquez. Es impresionante su belleza. AĂşn está en funciones y es favorito de mucho turista europeo. Habitaciones llenas. Visito sus salas, voy a un salĂłn de mural de fotografĂ­as. Muchos mexicanos plasmados en esas paredes, la inmortal MarĂ­a FĂ©lix, Cantinflas, Tin Tan, Pedro Armendáriz, Lara, una plĂ©yade de figuras del cine de antaño cuando el cine mexicano era campeonĂ­simo en AmĂ©rica y en paĂ­ses de habla hispana, con las fotografĂ­as de Gabriel Figueroa. Aparece la Cosa Nostra: Lansky, Traficante, Lucky Luciano, el que solĂ­a decir: ‘En cualquier negociaciĂłn lo importante es no ser el muerto’. Y Meyer Lansky, el mafioso judĂ­o, tesorero de todos los dineros de la mafia expulsada de Cuba, que muriĂł en la cama, uno de los pocos en no ser ejecutado y baleado. Los grandes del canto: Nat King Cole, Harry Belafonte, Sinatra, las bellas Ava Gardner y una plĂ©yade de mujeres hollywoodenses que le daban brillo a aquella vieja Habana, cuando venĂ­an a probar el ron y, fumar los puros Cohiba y  a escanciarse en los amores furtivos en sus viejos casinos. “Los mexicanos son como los cubanos, muy listos y vivos”, me decĂ­a Alicia, la camarera que me servĂ­a el primer cafĂ© mañanero en el restaurante del hotel Meliá. “Se hospedan en casas particulares, para el ahorro”, rematĂł cuando le preguntĂ© del turismo mexicano, poco visto en los hoteles pero si en las casas que algunos cubanos y el Estado ponen a la renta con dos habitaciones o mas y aire acondicionado y todo lo demá, chico. Las travesuras del tiempo y el no estar adecuados a la tecnologĂ­a moderna, lleva implĂ­cito que intentar conectarse a Internet le lleve a uno mas tiempo que si se volara de La Habana a MĂ©xico. No está la tecnologĂ­a aĂşn al servicio. Cuidan la entrada de los operadores, es el mismo Estado el que proporciona el servicio y, como aĂşn aquĂ­ no aparecen los Bill Gates y los Slim, pues se dificulta el accesar de inmediato. Aunque las carencias se suplen con imaginaciĂłn.

EL MUSEO RODANTE

Uno pasea por calles cubanas y los automĂłviles viejos asombran. Los Chevrolet de los 50s andan en jiribilla de la buena. Ignoro quĂ© han hecho y cĂłmo han conseguido las piezas para que muchos circulen como si nada. El cubano tiene imaginaciĂłn, inventiva y quizá con torneros han creado las piezas que el bloqueo no les permitiĂł traer y que ahora a los años ahĂ­ andan, más ahora que el diablo Trump les metiĂł otro calambre. AutomĂłviles que en MĂ©xico y el mundo pertenecen a coleccionistas, aquĂ­ abundan. Por todos lados se ven. De los 55-56-57, los Fairlaine y los Bel Air. Los cubanos de La Habana presumen que los mas palurdos y tontos son sus paisas de Pinar del RĂ­o. Uno de ellos en la calle me contĂł un par de anĂ©cdotas. Que unos albañiles, al hacer una construcciĂłn metieron la revolvedora al centro y luego, al terminarla, no sabĂ­an cĂłmo sacarla. Otra. Pusieron una disco encima de una funeraria, donde otros lloraban ellos reĂ­an. Se fuma en todos lados. Cosa rara siendo Cuba un paĂ­s que cuida mucho su salud, no hay prohibiciĂłn de ningĂşn tipo en ningĂşn lugar. Quizá sea porque la industria del puro, con el afamado Cohiba, les dĂ© divisas al por mayor. Camino su centro viejo, no el histĂłrico, el viejo. Muy deteriorado. Es aquĂ­ el lugar preciso donde hacen las fotos y crean la mala imagen de La Habana, la gente pobre las habita, los tendederos de ropa alcanzan a tomar plenitud en sus frontispicios de los mismos departamentos. No hay espacios donde colgar y se cuelgan de alambres que tienden sobre el aire. La ropa se lava y se seca. AquĂ­ cerca encuentro una replica de la estatua de AgustĂ­n Lara. Bajo y me tomo una foto, la placa dice que el Gobierno de Veracruz la donĂł, en el año 2000, seguro que fue Miguel Alemán Velasco.

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