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20 de octubre de 2017

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*Camilo JosĂ© Cela: A los padres, a los alcaldes, a los reyes, se les honra con el recuerdo; a los escritores, no basta, hay que seguir leyĂ©ndolos”. Camelot.


AMANECER EN MADRID (DIA UNO)


El GPS del aviĂłn enruta el camino. Vengo a Madrid, donde hace un par de años no venĂ­a y eso va en contra de cualquier religiĂłn que se profese. La mĂ­a, al menos, me decĂ­a que cada año hay que hacer una peregrinaciĂłn al Liabeny, el hotel al que llamo la Embajada de MĂ©xico en Madrid, porque allĂ­ pululan mexicanos y veracruzanos de muchĂ­simas partes del paĂ­s. Y veo a Pedro, el mejor Concierge del mundo. Por la mañana en Veracruz trepo a un Embraem, los aviones chiquitos de AeromĂ©xico, esos aviones brasileños muy cĂłmodos. En menos de una hora nos hace aterrizar en Ciudad de MĂ©xico, donde se aproxima año de elecciones, el que viene, y donde la capital cruje y aĂşn permanece en duelo por los sucesos del temblor. Es un jueves de media semana, voy de pisa y corre, como hacen los Yankees y los Dodgers, que perfilan a la Serie Mundial, aunque todo puede suceder, escasamente una semana y no crean que vengo de rĂ©feri a arreglar el asunto feo independentista entre el llamado Puigdemont (Pokemon) y Rajoy, que al parecer se tardĂł pero aplica la ConstituciĂłn y pone las cosas en orden, en esos dĂ­as nebulosos donde sacudieron a Europa y a toda España la convulsionaron por el grave asunto de secesiĂłn, tema que abordan los grandes escritores españoles, uno de ellos, quizá el mejor, RaĂşl del Pozo, el sucesor de Francisco Umbral en la contraportada del diario El Mundo de España. Que en su artĂ­culo de ayer nombra a los secesionistas como los Bribones de Dios, y cuenta: “Dios es, a veces, refugio de los bribones, como la Patria”. Todo porque una cuarentena de Curas catalanes quisieron hacerle al Cura Miguel Hidalgo que todos llevan dentro, y gritaban Independencia. Ese golpe de estado sacĂł a las calles a millones de españoles, y tambiĂ©n catalanes, que desde que tienen uso de razĂłn quieren ser independientes, no todos, pero dan guerra. Vengo pocos dĂ­as, que debo aprovechar. En Ciudad de MĂ©xico el aeropuerto tiene algo de movimiento. Se exhiben maquetas de lo que será el Nuevo, la obra cumbre del gobierno de Peña Nieto, que entregarán en algunos años, cuando Ă©l ya no gobierne. Hay una nueva sala de tiendas Dutty Free, las acercaron adonde se unen los vuelos nacionales y los internacionales. Se ve gente de todas las razas. Desde hindĂşs hasta japoneses, es un aeropuerto que mueve gran pasaje, y que hace que el turismo le dĂ© al paĂ­s divisas frescas, en momentos que apretamos aquellito por las locuras de Donald Trump y amenazar el TLC, mientras MĂ©xico y Canadá se mantienen unidos. Vuelo en un Airbus 787, de los grandes, cruzaremos el Atlántico en unas once horas, la ida siempre es más corta, quizá el regreso sea de doce o trece horas, dependiendo los vientos. Debemos enrutar rumbo a Nueva York y la parte de arriba de Halifax, en Canadá, para dar vuelta y entrar al OcĂ©ano Atlántico, en Halifax, el sitio donde hay muchas tumbas de aquellos fallecidos del gran trasatlántico llamado Titánic, al que, sus armadores y creadores, lo publicitaban como el barco que no lo hundĂ­a ni Dios. Y asĂ­ fue. Dios andaba entretenido en otras cosas cuando los vigĂ­as se descuidaron y un gigantesco Iceberg hundiĂł al barco inhundible. En Halifax fue el punto más cercano donde desembarcaron con los heridos y los muertos, y allĂ­ fueron sepultados muchos de esos que venĂ­an buscando la AmĂ©rica en los compartimientos de tercera, donde los pobres venĂ­an casi como grumetes, hacinados, mal comidos, con puertas cerradas hermĂ©ticamente para que no molestaran a los de primera, a los ricos Vanderbilt y aquellas familias pudientes que estrenaban ese Titánic, segĂşn se relatĂł muy bien en la pelĂ­cula de Leonardo Di Caprio. De Halifax meternos al mar y volver a tocar tierra al parecer por Portugal, bella y señorial, como la Lisboa antigua y preciosa, llena de encanto y belleza, que cantaban los Churumbeles de España.

Llegar al aeropuerto Barajas-Adolfo Suarez-Madrid, el de siempre.


EN VUELO


A una atura de 12 mil metros, casi como cantaba Cornelio Reyna, a 38 999 pies, a velocidad de mil kilómetros por hora recorremos los 11 mil kilómetros de Ciudad de México a Madrid. Con viento de frente de 109 kilómetros, según indica el GPS. Escribo estas líneas a medio camino de vuelo. Debemos llegar la madrugada de México, cuando en Madrid sea casi la hora de irse a comer. 7 horas de diferencia, según el huso horario. No ha habido turbulencias, escasas algunas, por el momento tranquilos. La comida de siempre, simplona, una pasta o un pollo, una ensalada, los refrescos y los cafés y una hora y media antes de llegar unos huevos que no saben a nada, así es la comida de los aviones, o sea ni quejarse.

Llegar, recoger el equipaje, tomar un taxi y que el chofer nos lleve a la calle de Salud 3, donde está el Liabeny, en la zona del Carmen y Sol, donde son las grandes manifestaciones y donde lidera una de las muchas tiendas del Corte InglĂ©s, y la primera y antigua tienda del Real Madrid, donde Hugo Sánchez, el más grande mexicano que ha parido el futbol nuestro, vino un dĂ­a a demostrarles que no nadamás en MĂ©xico las enchiladas y el mole eran buena materia prima, tuvimos el mas grande jugador, que aĂşn a estas fechas tiene records que Cristiano Ronaldo abate, pero Hugo fue grande, como me dijo alguna vez de hace tiempo, un taxista en Santander: “¡Ese chaval era cojonudo!”.

Y con eso dijo todo.

Mañana les cuento un poco más.

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